Vestida de Entrecasa

Qué suerte que empezó el Invierno. Si alguien quiere regalarme unas pantuflitas de polar o peluche, bienvenido sea.

2004-07-28

El Gato Negro

El silencio del ruido, la urbanidad que me despierta cuatro horas después del primer café. De ahí en más serán seis, siete u ocho (si estoy en un buen día). La mirada se me fija en un cenicero todavía limpito, sin cenizas, papelitos, ni la espuma del express, como hacía una conocida mía, algo que siempre me dio mucho asco.

"Cuando necesite una opinión, te la voy a pedir"; pienso frases para decirle, todavía está a tiempo de llegar. ¿Está a tiempo de volver? Me lamento de que las cosas sean tan sencillas para algunos; no saben lo que es tener sed. Sed de emociones viajando por las venas, como agua, como café, como limón puro y ácido que todo lo corroe al pasar: todo aquello que se permita ser afectado.

Y observo las narices de la gente que pasa, yo oculta por detrás de los frasquitos, los tarros, las latas perfumadas de clavo de olor. Siento mi cara enflaquecer con cada quince minutos que pasan. Y mi pecho perderse, pegarse cada día más a las costillas. Y adoro ésa sensación de auto-abrazo, de autocompasión por saberme seca por dentro, hueca como el caparazón de algún animal muerto.

Un invierno impecable:
vestida de novia al mediodía,
raspan mis dedos resecos.
Pasaron un minuto,
y dos,
y tus ojos volvían,
se anticipaban a la tarde
que prometía más de lo mismo.
Me entra miedo por la nuca.

salud
L.